IN MEMORIAM



por Manuel RUBIO PEDRAJAS, profesor del departamento de filosofía. (30-1-15)
In Memóriam:
Don Antonio Navarro López

EL SILENCIO Y LAS PALABRAS









En el Parque Güell, con Mª Luisa, Esther y Manolo, en uno de sus viajes con los alumnos.













En el Monasterio de Piedra, Zaragoza








   El 29 de enero de 2014 fue uno de esos días que no olvidaremos nunca en el IES "Los Pedroches". Don Antonio Navarro, profesor de este centro, había fallecido la tarde anterior, el día 28 de enero, festividad de Santo Tomás Aquino. Cuando pasé por el lugar donde recogía cada mañana a Antonio no había nadie. Seguidamente miré de reojo el asiento del copiloto y no estaba, inmediatamente sentí un gran hueco dentro de mí. En ese momento pienso cómo será de inmenso el hueco que sienten en estos momentos Mati, Ana Mary y Alfonso, sus hermanos, y cómo será el de su madre, Ana. Durante el viaje me iban llegando imágenes de mi vida con él: en el instituto, en su casa, en el campo, en las excursiones, etc. Entro en el instituto y la cara y el saludo de nuestras conserjes es distinto, también lo es el de los demás compañeros. Las conversaciones entre los alumnos y el ánimo también era distinto.

   Esa mañana me sobrecogieron especialmente dos cosas: el silencio y las palabras.
   A las doce de la mañana, cuando ya había comenzado la cuarta hora de clase, tocó el timbre y nos dirigimos todos al patio. El director, Don Antonio Fermín Morillo, se dirigió a todos muy brevemente y guardamos un minuto de silencio. Hay silencios vacíos que están cerca de la nada, pero ese silencio estaba lleno: sentí lo grande que era Antonio en ese momento, pues lo veía dentro de la cabeza y el corazón de cada uno de nosotros. En ese momento cada uno estábamos hablando con él. Antonio llenaba la explanada. A continuación, Benedicto Rodríguez Chaves de 2ª de bachillerato A, leyó unas palabras que había escrito la noche anterior, en cuanto tuvo conocimiento de lo ocurrido y que nos pareció muy adecuadas para la ocasión. Era el acto en el que todos estábamos unidos a Antonio, manifestándole nuestro agradecimiento y nuestro dolor.

   Esa mañana tuve clase con los dos grupos de 2º de bachillerato de humanidades a los que él daba geografía y que a menudo me preguntaban por su estado de salud. Cada grupo se había organizado para llamar a la floristería y enviarle flores a don Antonio. También estaban organizándose para asistir por la tarde al entierro. La cara de los alumnos no era la misma de todos los días, la mía seguro que tampoco. Sentía que no podía empezar la clase continuándo la del día anterior como si no hubiera pasado nada, pues cualquier contenido perdía su sentido y el interés que pudiera tener si no hablábamos un tiempo de lo que más nos importaba en ese momento, de aquello que había impregnado de una atmósfera inusual los pasillos, las aulas y todas las dependencias del centro.

   Tenía la necesidad de comenzar la clase recordándolo y diciendo unas palabras sobre un hombre que nos ha dado a todos lo mejor que tenía durante los últimos 20 años, recordando su generosidad permanente para con todos los sectores de la comunidad educativa.

 


Esperando para hacer el raffting en el río Gállego


Tenía necesidad de recordarles su actitud dialogante y conciliadora, tan necesaria para la convivencia de cualquier grupo que quiera construir algo en común. Esa actitud que hemos visto todos en su participación en el departamento, en los equipos educativos, en el claustro, en la comisión de convivencia, en el equipo técnico de coordinación pedagógica, en el equipo directivo y en el consejo escolar.


   Tenía  necesidad de contarles las dificultades de las últimas semanas, en las que había seguido viniendo a clase un día tras otro, supliendo sus cada bvez más menguadas fuerzas con la ilusión que le deparaba tener ante sí un nuevo día para seguir desgastándose en un trabajo que le importaba tanto.

   Tenía la necesidad de contarles con qué temple venía cada mañana a pesar de que cada vez eran más seguidas las noches en las que el sueño se le quebraba por el dolor físico que aparecía cada vez más a menudo pidiéndo una dosis analgésica más alta.

   Tenía  necesidad de decirles que nunca se quejó, tan solo me dijo dos viernes que ese día acababa cansado, pues tanía cuatro clases y dos reuniones, pero que afortunadamente tenía el fin de semana para recuperarse. Tenía  necesidad, en fin, de decirles que mientras se le escapaba la vida, él, con la generosidad que le caracterizaba iba derramándola en cada clase que daba.

   Hoy recuerdo que, mientras hablaba, la emoción me rompió la voz en los dos grupos. En la cara de los alumnos veía el cariño que le tenían y lo veía a él: a algunos la emoción les empañaba los ojos y otros derramaron lágrimas. Fue un momento duro, pero necesario. Nos hizo bien a todos. Estábamos de duelo, ese proceso de adaptación emocional que sigue a la pérdida de un ser querido. En el estado en que estábamos atrapados no era fácil continuar una clase normal. Para don Antonio, que con su ejemplo nos animaba a que siguiéramos trabajando. Y de este modo le ayudariamos a cumplir, una vez más, uno de sus sus objetivos: trabajar con sus alumnos para sacar de cada uno lo mejor que tiene y prepararlos para una vida mejor.

   Ahora sí pudimos continuar con la filosofía, realizamos nuestra tarea, y como aún nos quedaba cinco minutos los invité a que escribieran, sin poner su nombre, algo para don Antonio. Habíamos compartido en el patio el silencio con el resto del personal, les propuse que compartiéramos también las palabras. He leído lo que escribieron y he seleccionado algunas cosas. Aquí os dejo las palabras de sus alumnos a los que le dió clase hasta el dia 21 de noviembre. En primer lugar, las de Benedicto, y, a continuación, extractos de lo que escribieron los demás. Es nuestro pequeño homenaje a un profesor, compañero y amigo que ha sido un magnífico ejemplo para todos.


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