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Van Gogh, el color.

EN CONMEMORACIÓN DEL 125 ANIVERSARIO DE SU MUERTE


por Juan Andrés
MOLINERO MERCHÁN,
profesor del departamento
de geografía e historia

LA PINTURA EXCELSA DE VAN GOGH HA DEJADO una estela imborrable en el panorama contemporáneo. Desgraciadamente, como tantas veces ocurre, permite que la leyenda creados sobre su personalidad (en la literatura pictórica, el cine: Lust for Life...) han fagocitado en parte la verdad de sus creaciones: pues no son pocas las personas que relacionan erróneamente su manera de pintar con su estado mental. Bien es cierto que la biografía del artista holandés engrosa avatares muy descollantes: desde una trayectoria peregrina en desgracias, frustaciones amorosas y elevadas aspiraciones pictóricas hasta una enfermedad psiquiátrica (la esquizofrenia diagnosticada por Karl Jasper, o la Psicosis epiloptoide de Rewald...) de marcada transcendencia en su perfil existencial. Con todo ello se amasa su vida y su pintura, pero sus creaciones van mucho más allá, y son productos calculados de un aprendizaje cierto, mucha pericia, experimentación, innovación y personalidad pictórica. Indiscutiblemente existió en Van Gogh  una evolución notoria, encuentros substanciales con el mundo apasionante de la pintura -en lugares y momentos claves (París, Londres, La Haya, Bruselas...,Arlés)- y maestros de primera fila de los que aprendió, disintió y tal vez superó (Seurat, Rembrant, Degas, Gauguin, Signac, Matisse...). En forma alguna puede negarse que su pintura sea fruto madurado en parámetros de inteligencia y sensibilidad, indagando y desarrollando con frenesí un proyecto teórico y práctico sembrado de una identidad propia; con la consciencia de un genio descreído que busca de forma denodada un lugar en la Historia. La mitología creada sobre el artista se asienta sobre sus debacles vitales, su mirada visionaria o su frustrado mercado (de no haber vendido nunca nada, que es falso) pictórico tan manido; desde la mirada errática de Aurier (el crítico)  la bola de nieve  se agrandará como artista incomprendido y muerto por amor al arte (acabó suicidándose), junto a los avatares legendarios (aunque verídicos), como el corte de su oreja en un brote psíquico, que marcarán la mirada ajena del artista.
Más allá de esa mitología arrolladora,  que oculta tanta verdad pictórica, habría que desbrozar con mucha contundencia al artista cuya producción habla por sí sola, pues ahí está su pintura en toda su pureza, escrutando muy alto y claro los problemas de la luz y el color; así como una semántica pictórica muy personal. Van Gogh es Van Gogh. Su lectura sería muy distinta si no tuviéramos in mente el referente cansino, arriostrado con la leyenda fatídica, de un artista en franco desaliño con la vida. Sin embargo, la pintura vangohiana es muy rica en matices. Posee una paleta evolucionada desde la medianía del siglo, siendo experimental en toda su existencia y excelsa en creación e identidad. A veces nos perdemos en la percepción simplista del maestro más arrebatado de fuerza, creación y color, pero su trayectoria es bastante asequible: desde su realismo fulgente donde hunde sus raíces (Courbet, Aumier, Bretón...) y aprendizajes del formalismo más clásico (denodado después); pasando por el paisajismo al uso de su era y la lectura ávida de los impresionistas y puntillistas -con encuentros y desencuentros-; y el apego al mundo de la estampa japonesa, que tanto le influyó; convirtiéndose en un paradigma para los pintores modernos -como sentenciaba la mirada escrutadora de Picasso-, siendo un faro ineludible para el Simbolismo (véanse si no las obras  de Jan Toorop, Henry Van de Velde...) y el Expresionismo (que lo considera un precursor, sobre todo por sus exageraciones pictóricas, emotividad y espíritu individualista), muy particularmente para los Fauves franceses (sobre todo a partir del Salón de los Independientes, 1905).
Lo cierto es que Van Gogh consigue erigirse como una figura de mucho fuste en el mundo de la pintura por capacidad y empeño, sobre todo un inmenso amor al arte del pincel; como él mismo le decía a querido hermano Theo, la pintura era el soporte vital de su existencia, su razón de ser (¡Llevó la pintura en la médula de los huesos!, Letters, I, 448), reconociéndose con condiciones instintivas; y en el espectro de ese arte, dominado claramente por el color. El artista despega cuando es capaz de desembarazarse de esa búsqueda denodada de recursos técnicos y métodos tradicionales, cuando empieza a sentirse más seguro de sí mismo y fija la impronta de su personalidad: esa pintura al aire libre quye transciende incluso la vorágine parisina de los precursores del modernismo, a partir de los impresionistas y postimpresionistas (sobre todo puntillistas) que le abren a un nuevo mundo. Pero el holandés escruta y experimenta hasta la saciedad su propio mundo del color. Su auténtica personalidad se define, sin duda, por esa creación tan personal en su vocabulario emocional sustentado en el color; su indiscutible experimentación cromática rebosa por todos sus pueblos en obras eternas, como sus autoretratos (Amsterdam, Irjksmuseum Van Gogh), lejos ya de las disquisiciones tonales o los estudios analíticos y científicos de su tiempo. En el maestro holandés las discrepancias cromáticas, las yuxtaposiciones y exageraciones le singularizan; es poderoso y provocativo con el pincel, dejando la impronta disonante de la vida, de ahí su arrimo hacia ese Expresionismo que le miró con apego. A caso su estridencias cromáticas no fueran más que una exageración (amarillos cinc) al tenor de la inestabilidad de los cromas (entonces en ciernes, y él lo sabía bien), intensificándolos por mor de una pérdida de fuerza con el tiempo. Con todo, nadie negará que Van Gogh es puro temperamento, exceso, vigor y fuerza..., que son el ADN de su personalidad; y por ello tal vez mal interpretadas al tenor de su enfermedad -como planteaba Aurier-. Como él mismo confiesa, su obsesión por el amarillo y los temas solares eran su santo y seña: amarillos son sus campos de trigales; y amarillos la casa de la Plaza Lamartine de Arlés; y también amarilla su habitación; y los girasoles eternos que nos dejó este genio del color. No era una simple devoción estética, más bien el sentir profundo de la vida y de la muerte. La pintura y el color fueron sus auténticas religiones.



"La pintura era el soporte vital de su existencia, su razón de ser (¡Llevó la pintura en la médula de los huesos!, Letters, I, 448)"
















"Las discrepancias cromáticas, las yuxtaposiciones y exageraciones le singularizan; es poderoso y provocativo con el pincel"














"No son pocas las personas que relacionan erróneamente su manera de pintar con su estado mental"


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