CELEBRAMOS...


 
    
por Juan Andrés MOLINERO MERCHAN, profesor del departamento de geografía e historia

TERESA DE ÁVILA,
MUJER CULTA



















"Tuvo una personalidad arrolladora y creativa, con un magnífico talante, humildad y don de gentes, espiritualidad profunda a inteligencia grande."






"Tuvo la inteligencia y buen tino de navegar con solvencia en una marejada de religiosidad rigorista."






"Las encumbradas cimas de su literatura mística la han catapultado no solamente a los altares de la Literatura Universal, sino a la peana de la santidad."





   EN TERESA DE ÁVILA CASI TODO ES ADMIRABLE. La abultada historiografía y la infinidad de referencias existentes la han convertido prácticamente en un personaje de novela, que apenas si la imaginamos como mujer de carne y hueso. En ella es casi todo asombroso: desde su posicionamiento social de partida (de familia judeoconversa en Toledo, penitenciada por la Inquisición, aunque rehabilitados socialmente con carta de hidalguía del padre, siendo mercader de Ávila) a sus elevadas consecuciones vitales; su situación como mujer del siglo XVI con limitaciones incommensurables hasta sus elevados logros personales; una religiosidad trepidante y profunda, capaz de alcanzar las cotas más elevadas de la espiritualidad mística; y por supuesto su relevancia literaria ensalzándose hacia los vericuetos más elevados de mística universal. Sin embargo, la prócer abulense está llena de contradicciones, pues alegremente pasa de lo más doméstico y rudimentario, como era trajinar en los caminos y devanear en el convento -entre profesas novicias y pucheros-, a la relación personal con eximios representantes religiosos, civiles (damas de la nobleza) o mandatarios de alto copete (Juan de Yepes, Quiroga, San Juan de la Cruz, Felipe II). Evidentemente tuvo una personalidad arrolladora y creativa, a pesar de ser enfermiza y estar limitada físicamente, con un magnífico talante, humildad y don de gentes, espiritualidad profunda e inteligencia grande. No era una mujer al uso (en casi nada), aunque tampoco pueda decirse que no fue contemporanizadora -que lo fue y mucho- de ese Quinientos rompedor y transformador de valores (La Reforma); heredera de la mentalidad del medievo e impulsora de otro tiempo y otras formas religiosas teñidas de fuerte intensidad. Con todas estas contradicciones resulta, sin embargo, una personalidad muy completa, pero sin duda compleja. Abarcó tantos frentes, en un tiempo convulso, que necesariamente se movió en el filo de todo: en lo social, la religión, la literatura y en el pensamiento.

   La conmemoración de su V Centenario está dando pie a un sinfín de recurrencias y revisiones que nos ponen de nuevo sobre la palestra la interpretación de esta figura española y universal. La dimensión de su personalidad debe perfilarse muy especialmente en razón de sus dos grandes valores, estrechamente relacionados: su elevada espiritualidad y su relevancia literaria. Reflexionar sobre estos extremos siempre resulta de interés, sobre todo comprender dónde se asientan estos valores tan singulares, que no deben estar muy largo de sus fundamentos culturales; sobre todo de su inquietud lectora como motor de su desarrollo intelectual, indagación espiritual y creación personal.

   Teresa fue sin duda una mujer de amplísima formación cultural -a pesar de su personal consideración ("como soy necia","poco entendida", "tan ignorante","de rudo entendimiento")- , leída y de extensa experiencia personal que le sirve para aprender y decir: pues ella habla de lo vivido y escribe, y de sus experiencias aprende. Ni tiene una originalidad absoluta ni es una necia, pero posee una personalidad singular: una eminecia literaria, una mujer peculiar y una espiritualidad descollante. Sus derroteros biográficos le depararon infinidad de posibilidades, trajinando de un lado para otro, entre humildes monjas y aristocráticas damas (Luisa de la Cerda, Guiomar de Ulloa, Éboli...) reposando y fagocitando sus vivencias; leyendo en profundidad y escribiendo con inmejorable capacidad de asimilación. Su vida y su obra se conjugan de forma extraordinaria, y ambas cosas se relacionan como vasos comunicantes. De sus experiencias convertuales, profunda espiritualidad y arrojo comunicativo con sus receptores principales (monjas, confesores...) tenemos la veta importante de su obra. Siempre me han llamado la atención los débitos culturales, la formación y desarrollo de estas personalidades tan relevantes. Sobre todo su cultura libraria y su absorción de géneros y estilos, doctrina y pensamiento acicalado con brotes nuevos de modernidad; así como el desbroce que hacen para que luego afloren sus vetas de singularidad y genialidad que les definen. Teresa de Ávila tuvo necesariamente que beber en muchas fuentes, siendo una lectora empedernida; y de forma subsiguiente una escritora irrefrenable y acuciante: no tanto por obligación y exigencia, como gusta presentarse ("por obediencia", como la tildaba también Don Ramón M.Pidal), sino por vocación literaria y un actitud reverencial. Lógicamente, en su carrera vital y literaria tan dispar encontramos sus disonancias literarias y secuencias, que son fruto de sus aprendizajes y conformación de estilo (que es vario). Las asimilaciones culturales librarias son abultadas, variadas y con muy buen aprovechamiento. Las amplísimas referencias biográficas e historiográficas nos permiten aseverar que la abulense tomó de aquí y de allá; que conoció muy bien no solamente los textos religiosos (Blibia) y la disparidad de enfoques de los Evangelios, Salmos, Cantares y Patístrica (San Jerónimo, San Gregorio y San Agustín) en doctrina y estilo, sino con las corrientes espirituales de La Modernidad (devotio moderna)  que buscaban un cristianismo más personal y depurado; y por supuesto, debió ejercer su impronta el teatro religioso, vivido muy de cerca en el contexto castellano, en experiencias conventuales que representaban el ciclo de la Navidad. Especialmente llama la atención la elevada espiritualidad mística, sobre todo cómo se mueve Teresa como pez en el agua en esos tiempos recios (contra los alumbrados, los erasmistas, herejías varias,etc.) de la Inquisición (S.XVI), cuando está propugnando la autenticidad de su experiencia personal y el medio de comunicarla: no tan lejana de las iglesias evangélicas emergentes, con la experiencia individual en alza, si bien dentro de la ortodoxia católica. La elevada espiritualidad de la vida y obra de la de Cepeda y Ahumada frisa muy fino con experiencias análogas persegidas, aunque a nivel intelectual, teleológico y literario alcanzará una de las cotas más altas de la literatura universal. No obstante, el ámbito de acción inquisitorial alcanza las más altas cotas, mira con muche celo los desvíos y persigue con denuedo el mal de la herejía, mezclado entre avezados teólogos, en las universidades más afamadas (Salamanca, con Fray Luis de León encarcelado) y entre los maestros y jerarquías más altas (como Carranza, arzobispo de la primada toledana). Teresa estaba en el mundo muy al tanto de este ambiente sembrado de incertidumbre y peligro para una mente como la suya: moviéndose en espiritualidad ardiente, celo religioso y muy cerca de las desviaciones que se estaban penando de forma grave (con la hoguera) ;aunque tuvo la inteligencia y buen tino de navegar con solvencia en una marejada de religiosidad rigorista.

   Teresa no bebe solamente, ni mucho menos, de las fuentes religiosas; su obra está plagada de débitos de otros mundos literarios que le tuvieron que resultar próximos y de lectura segura. Entre las huellas más claras de la Literatura profana se encuentran los libros de caballería que ella misma menciona (y tal vez alguno escribiera), de la que tiene deudas reconocibles en leguaje y estilo; así como en la concepción del amor o la exaltación de la obligación moral. Otro tanto cabría subrayar de los tratados amorosos o novelillas sentimentales, donde el lenguaje amoroso traduce las virtudes divinas. También aparece en el séquito de posibles influencias estructurales el Lazarillo de Tormes, así como el legado de la poesía de los cancioneros al uso, que se refleja en sus versos y en su prosa. No obstante, donde Teresa es contundente receptora y escritora es en la Literatura epistolar: ahí manifiesta sus mejores dotes expresando lo que vive y siente con indudable anchura de naturalidad; donde aprende y enseña doctrina escribiendo; mostrando las cotas más altas de su literatura de una forma muy personal. Pura Literatura al modo de Valdés (escribo como hablo), hablando mediante la escritura, como en una simple charla conventual. Esa es la Teresa más literata, sin duda. No obstante, las encumbradas cimas de su literatura mística  la han catapultado no solamente a los altares de la Literatura Universal, sino a la peana de la santidad, que habría de llegar en el s. XVII por la senda de la Iglesia y de los méritos atribuidos por protocolos católicos (doctores tiene la Iglesia). Teresa fue sin duda una mujer excepcional, sembrada de humildad y con fuertes dosis de sentido común, pero con una extraordinaria capacidad de trabajo y una cultura indiscutible.

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