FILÓPOLIS


 
 
rafa
por Rafael
ARÉVALO GARCÍA,
de 2º de bachillerato



La Teoría de Uróboros
  
 





"Dudar y   reflexionar. Era   su condición de   sabio. Su   condición   natural. "








bicho







"Le duele la cabeza. Un pitido constante, no le deja pensar. No, no es un pitido, es él. Él no se deja pensar. Es su condición  de sabio."



    Caminaba por el desierto. El desierto. Tras tanto caminar, el vacío y lo eterno del horizonte que alcanzaba a divisar se le hacía tan conocido que ni siquiera podía recordar de dónde había venido. Si había venido de algún lado. Eso le hacía gracia. Dudar y reflexionar. Era su condición de sabio. Su condición natural. El significado del latín, lengua muerta para definiciones muertas. Pero él no sabía latín. Quizás, en el fondo, no sabía nada. En el fondo. Una expresión que delimita su Yo. Sólo era tan fondo en lo que era tras su portada. Siempre hay una portada. Pero hay varias profundidades, se decía. La superficial, y la profunda. Una profunda profundidad. La hipócrita paradoja. Y se decía, era el aburrimiento, el aburrimiento. Horas caminando solo. Se aburría. Sólo le quedaba pensar. Su condición de sabio. Vuelta a empezar. No era capaz de avanzar, era inútil. Siempre lo era. Creaba su propio camino hasta que se golpeaba con un muro. Como el desierto, no era "un", era "el". Siempre el mismo. Era condición de sabio. Un momento. Delimitación de su Yo, hasta eso había llegado. Pero, claro, se hacía preguntas sobre su Yo, así que no sabía ni hasta cuánto se delimitaba, ni qué se delimitaba, ni cómo. Muros, desiertos, fondos, portadas. Caracteres que se unían para formar palabras muertas, definiciones muertas. "¿Por qué simbolizamos?" Los sabios, se entiende. "¿Por qué no podemos descubrir todo con palabras directas?" Es su condición de sabio. No quiere saber la verdad, quizás, se pregunta. Se ocultan bajo palabras. No, no, hay muchos tipos de palabras. Pero divaga. Porque no sabe. Lo bien dicho se dice presto. Más latín que vuelve a su mente con fugaces luces. Luces. "Eso es que es importante", supone. Más simbolismo. "Superbia". "Joder" comienza a enfadarse, "si no sé latín, ¿por qué me viene esto?" Es su condición de sabio, pero, el qué, ¿el latín, o la palabra? Pero aunque supiera latín, no sería capaz de descubrir qué significa esa palabrería, porque, es su condición de sabio. El latín y la palabra, empiezan a unirse  y a hacerse cada vez más ininteligibles. Dos pistas. Arriba y abajo. "Superbia". La condición de sabio. Dos "superbias". La de arriba y la de abajo. No, espera, y la de cerca y lejos. Porque, hay dos "dos superbias" vistas a su vez por las otras dos ¿o son las mismas? Odia el simbolismo, odia las "superbias", está harto. Pero, hablan las "superbias", pues su condición de sabio pero repite. Se repite. Una y otra vez. Es inútil. Hipócrita paradoja. Vuelve al principio una y otra vez. Le duele la cabeza. Un pitido constante, no le deja pensar. No, no es un pitido, es él. Él no se deja pensar. Es su condición de sabio. Pero, en lo eterno del horizonte al fin ve algo. Por fin. ¿Espejismos? ¿Una extensión de mis deseos? Quizás. Pero al menos trae cambio. Pero eso no es lo que él desea. O sí. Porque el cambio implica cambio. Dolor. Odia el cambio. Pero, ¿lo quiere o no? "Qué más da, joder, si no hay nada más que hacer, es el aburrimiento". Hay dos figuras, o eso puede alcanzar a ver.Quizá solo era la punta del iceberg. Una figura arriba, con alas, y la otra, abajo, con piernas esbeltas, pero, no, ¿torcidas? El alto, con alas, arriba, o, ¿está abajo? Le habla:
    -Ahí estás, Nequiquam. El tercer ojo. Aquel que cambia en vano.-"Arena", pensó. "A la mierdael simbolismo"- Tienes miedo.- sentenció.
    ¿Lo tenía? Quizás. Pero, ¿de qué? ¿De no saber qué sifnificaba lo que le estaba diciendo? ¿O de saberlo? ¿Qué era lo que delante de él se plantaba, tranquilo, con  faz sonriente? Una sonrisa, ¿de verdad? O, ¿era apariencia? Las alas podían hacerle feliz. Quiere decir, le hacen. ¿Dudas? Un hermoso rostro, pero las alas eran definitivamente deformes, ¿o era al revés? Ya no sabía qué era verdad y qué no. Un momento, ¿qué le ha llamado? "Nequiquam" "Joder", volvió a pensar, "Si no sé latín".
    -Nadie sabe nada, en verdad, tú eres la prueba.-dijo el ángel, o, ¿era un demonio? Preguntas, una tras otra, y, ¿las respuestas? Claro que no las hay si no hay preguntas adecuadas. El posesivo. Falta el posesivo.-te falta lo que te es inherente. No hay dos sin tres. Observa el segundo ojo, y acércate a la verdad.
    Miró al que estaba abajo. Igual que el alado, su rostro parecía hermoso por momentos, y horroroso por otros. Y sus piernas igual. Pero, no había sonrisa aparente, solo una mueca. Era la mueca de la desconfianza, ¿con quién? ¿Con él? Era la mueca de la verdad. Y en el alado ya no había sonrisa, en su lugar, estaba la misma mueca. Poque todo es apariencia. Todo es simbolismo. Un Sol de "Superbia". Y la sombra de ese Sol le mostró la metamorfosis. La unión del alado y el bípedo. Se fusionaban en una simbiosis que los iba transformando en la figura de una serpiente. La serpiente del mundo. No. Aquel que camina en vano. El simbolismo. Todo lo que era su condición de sabio. Uróboros. Todo se desvaneció, y detrás del humo que dejó la fusión vio otra figura. No, eran dos figuras. Era él, y alguien más. ¿Qué estaba haciendo? ¿Sexo? Una sensación de placer. Pero era conflicto. Ya no había más "él". Ni más "Yo". Una alas que le alejaban del dolor. Unas piernas que le alejaban del placer. Un público que le mira impasible. Un público de "Nequiquam". Un público de caminantes en el desierto.
    Por un momento, comprendió quién era el alado, y el bípedo, al fin, y creyó saber de qué tenía miedo. Eran definitivamente altos y bajos. Porque no había dos sin tres. Eran uno. Era su condición de sabio. La eterna dualidad. El sabio y el latín. El ser humano. Tenía miedo de todo. Porque esa era su condición. Pero nunca entendería el latín, ni su condición de sabio, ni al Uróboros. Porque eso era el latín y su condición de sabio. Eso era la "Superbia". El muro en el camino. Esa era la hipócrita paradoja. Ese era el fin, y el principio. Con sangre en la boca, y un profundo dolor en la cabeza, se tumbó en un desierto sin luz. Se preguntó si realmente sabía algo. Si su público sabía algo. Pero el Sol, aún en el crepúsculo, le cegaba. "Superbia", se rió. "Nunca sabré nada", se dijo. "Nunca sabrán nada". Y se dio cuenta de que quería saber cómo era la muerte. Pero nunca lo sabría. Porque su condición de sabio latinizado, su condición de hombre, era, como decía el Uróboros, levantarse cuando hubiera luz. Porque la habría. Y también habría movimiento. Un movimiento ciego. Caminar en vano, bajo un Sol de "Superbia".
    Era la condición del ser humano.


sol


flecha
subir